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Martes 01 de febrero de 2000. Núm. 31 
ARTESONRAJU
 
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El hielo se quebraba bajo nuestro peso y dejábamos en él sólo las puntas diminutas de los crampones como marca de nuestro paso. Pero había otro crujir más impresionante, más respetable: el del hielo del glaciar que, río sólido al fin, se desmenuzaba en grietas de profundidad incógnita, azul y oscura.
Carlos Rangel Plasencia


Hielo o nieve o agua... Ya no sabía si nadaba o escalaba. De cualquier manera, seguíamos hacia arriba los tres, hacia la cumbre del Artesonraju, una montaña de 6,025 metros de altitud un poco perdida entre esos cientos de kilómetros de nevados (de "-rajus", como dicen en quechua) de la Cordillera Blanca del Perú. Sí, en el corazón de los Andes.

Durante días esperamos en el campamento a que el cielo dejara de sembrar sus gruesas lágrimas de nieve sobre la cordillera. Días. Se dice fácil. Pero, ¿qué pueden hacer tres hombres en cuatro metros cuadrados durante días? Los libros se nos agotaron, el ajedrez llegó a ser monótono y, lo más importante, la comida se terminaba. Hasta que una madrugada el cielo se limpió de nubes y se cubrió de un manto de estrellas tiritantes de frío. Era la señal que esperábamos.

Equipados en unos minutos con la ligereza que da el saber que sólo contábamos con unas cuantas horas de esa bonanza meteorológica, comenzamos el ascenso, con la modorra de la medianoche trasnochada en los ojos y la ansiedad de la cumbre reflejada en la imaginación.

El hielo se quebraba bajo nuestro peso y dejábamos en él sólo las puntas diminutas de los crampones como marca de nuestro paso. Pero había otro crujir más impresionante, más respetable: el del hielo del glaciar que, río sólido al fin, se desmenuzaba en grietas de profundidad incógnita, azul y oscura.

Por eso la cuerda. Era ese delgado hilo de nylon el que nos aseguraba el ascenso y descenso en la montaña, el que nos unía unos a otros tanto física como... ¿Cómo decirlo? Veamos: sin necesidad de palabras, sin gritos, sin gestos casi, nos entendíamos a distancia. Cada uno de nosotros sabíamos lo que el otro necesitaba y lo que estaba haciendo pese a no verlo. ¿Hilo de la imaginación? Quizá, pero todo resultaba cierto. Nos unía, de una manera inexplicable, a un compañero, a un buen compañero a quien habíamos confiado la propia vida desde tiempo atrás, al hacer los planes de escalada.

Por eso, cuando me adentré en esa muralla de hielo y nieve de 70º de inclinación, sabía que mis compañeros estarían pendientes de mis movimientos. Subí metros y más metros con el viento a cuestas.
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